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CUENTO

Enviado por violeta el 09/10/2010 a las 06:13 PM

El Arike
                                             

Reuniones de despedida con la familia y amigos, los llamados por teléfono de compañeros y conocidos, son la señal de la fecha de partida. Al medio día del martes, abordo el avión LAN, ruta a Tahití. Luego de cinco horas cuando ya  parecía que no íbamos a llegar nunca, por la ventanilla del avión avistamos lo que al principio parecía algo no más grande que una ballena. Un triangulo  con tres volcanes apagados en sus vértices. Un peñasco  rodeado de mar borrascoso, azul y profundo. Un punto perdido en el Océano Pacifico. Mi destino, la Isla de Rapa Nui.

Al bajar la escalera del avión, nos recibe un aire calido y húmedo, envolvente con aroma a mar. Los cantos, baile y collares de flores de bienvenida para los turistas. La presión del aire, la reverberancía del sonido, el reflejo de la luz, el movimiento de los cuerpos, el flujo del tiempo. Siento como todo mí ser esta cambiando poco a poco.

-         Iorana. - Bienvenido. - Soy Lázaro.  - ¡Vengo a recogerle del restaurante!

Soy maestro de cocina y estoy contratado en isla de Pascua. Lázaro es alto, delgado, piel morena, pelo negro reluciente con prominente nariz. Lleva gafas redondas de montura metálica. Viste hawaiana azul con flores blancas y amarillas. -¿Tuvo buen viaje? - ¿Traes poco equipaje? - ¿Estas casado? – Bueno. Respondo, - es trópico, además en la cocina siempre hace calor. Tras presentarme al administrador, reconocer el área de trabajo y la habitación que será mí casa, salgo a descubrir Hangaroa, principal poblado de la isla. Camino por el ahú Tahai, cerca del pueblo.  En estas construcciones el moai erecto tenía fines seculares y sagrados. Su  propósito fundamental era hacer visible el invisible proceso por el cual los dioses son llamados, a través de un ritual, desde el mundo sobrenatural hasta el especio sagrado. Allí se colocaban los cuerpos de los difuntos. Un mediador entre el cielo y la tierra.

Es la hora de la puesta del sol. Tomo asiento en las gradas del ahú y contemplo el mar. Me pregunto: ¿Que me trajo a esta isla?  No conozco a nadie. Se oye el rumor de las olas. El viento huele a mar. En el cielo flotan pequeñas nubes blancas de nítidos contornos. El sol se esconde lentamente tras el enorme mar azul.   ¿Que diablos debo hacer?  pregunto en voz alta. No debes hacer nada, responde el eco del viento.  ¿Absolutamente nada?, me pregunto.

Es la noche del viernes, luego de trabajar y al conversar con Lázaro, vamos por un trago a la discotecas donde sucede de todo  tienes bailes sensuales con mucho  ritmo y más, dice. Tomamos unos tragos y bailamos hasta la madrugada con unas americanas que visitan la isla. Fue como magia inmediata; como prender un fósforo. Luego las acompañamos a su hotel y a la cama hasta el otro día.

Sueño que me encuentro en el fondo de una caverna con una linterna en mano, agachado buscando algo en el piso. Luego oigo un ruido desde la entrada de la cueva. Débilmente en la distancia escucho pronuncian mi nombre.

Despierto con la campanilla del teléfono a las siete de la mañana. Estoy profundamente atontado, dormido. Es un llamado para nuestras amigas que  regresan mañana a Virginia, Estados Unidos. Tómanos desayuno en la terraza del hotel desde donde se divisa en la costa el roquerío de color ocre y las olas de aguas cristalinas que las cubren  apaciblemente con una leve cresta blanca antes de romper en la orilla con suavidad. El cielo va adquiriendo gradualmente su tonos azul intenso, la temperatura empieza a subir gradualmente.  Durante el resto del día visitamos las cavernas de las vírgenes, en el Poike.

Escucho cómo se va llenando el vacío que hay dentro de mí. Es un sonido tan leve como la arena fina de la playa deslizándose bajo la luz de la luna.

 

Esa noche volvemos a hacer el amor en la habitación del hotel. Se despojó lentamente de sus ropas. Entró en la cama. Su blanco brazo rodea mi cuerpo. Siento su cálido aliento en el cuello. La abrazo fuerte. Ella esconde la cara en mi pecho. Recorre todo mi cuerpo con las yemas de sus dedos y con la lengua. Me besa una y otra vez en el cuello; después alarga la mano, y envuelve mis testículos con sus manos.  La luna asciende en el cielo, la marea avanza, es resplandor del mar me enceguece temporalmente. Y sin una palabra, cierro  los ojos, me sumerjo en mi propio sueño. Las nubes de la noche van desapareciendo, arrastradas por el viento. Abro los ojos ella duerme suavemente observo la habitación desnuda, ya esta amaneciendo.

Días después,  premunido de un mapa me aventuro a recorrer la isla. Camino en dirección norte,  atravieso el Ahu Tahai y continúo por las faldas del Maunga Tere Vaka. Las manecillas de la brújula giran constantemente, por el magnetismo del área. El cielo cubierto de nubes de todas las gamas de grises. Sigo por Motu Tautara, un sendero junto a la costa, como frutos silvestres guayabas e higos. Continúo caminando y de repente el  cielo adquiere una tonalidad misteriosa de una luminosidad envolvente. Sin tregua, empieza a caer una lluvia violenta y calida. Al instante me desprendo de la ropa que quedan esparcidas por la playa, bailo desnudo siguiendo un ritmo ancestral. Ante esta maravillosa sensación de mi cuerpo, desprendido exclamaciones sin sentido  en un lenguaje desconocido con toda las fuerza de mis pulmones. Los grandes y duros goterones me azotan el cabello, las mejillas, los párpados, el pecho, el vientre, el sexo, la espalda y las piernas. Ni siquiera puedo mantener los ojos abiertos. 

El dolor contiene cierta intimidad. Ese dolor punzante parece formar parte de un ritual religioso.  De repente me siento liberado. Alzo las manos al cielo, abro la boca de par en par y bebo el agua que se vierte de el.

Diviso entre las rocas una caverna. Me dirijo a ella. Es una gruta enorme. Los murciélagos se incomodan y vuelan en el techo. Siento una gran relajación. Me recuesto en el piso, la arena está tibia me invade un sueño pesado y fuerte. Es un sueño tan abrumador que casi me siento mareado. Mis pensamientos se hacen  más lentos. Soy incapaz de hilvanar mis ideas o de saber donde me encuentro ahora.

Estoy frente a Hoto Matu‘a , el primer Ariki o rey de la isla.  Un Príncipe Maori, proveniente de las islas Marae Renga y Marae Tohio en el archipiélago de las Marquesas.  Su linaje desapareció en la guerra entre los Orejas Largas y los Orejas Cortas. El Ariki viste un esplendoroso traje ceremonial dejando descubierto su extraordinaria musculatura, realzando aún más sus tatuajes. Su cabellera cobriza se entreteje con un penacho de hermosas plumas. Lo contemplo. Indica que me acerque. No dice nada. Pero sus ojos verdes me transmiten un mensaje mudo.  Frente a él admiro sus tatuajes. Me atrae uno en especial, la figura de tanata ao, insignia de mando, en el hombro derecho. Al aproximarme lo palpo. En aquel momento percibo cómo algo empieza a reconstruirse sobre mi piel.

         Despierto, envuelto en la oscuridad, entre esa tiniebla desconocida, me pregunto  ¿Dónde estoy?  Me levanto, camino y ante el reflejo de un charco de agua, me inclino. Este devuelve mi imagen con una mirada de soslayo, revelando la piel de un blanco óseo y encendiendo aún más el cabello cobrizo por efecto del rayo de luz.

Y, más adelante descubro consternado sobre mi hombro derecho, el tatuaje de tanata ao, el símbolo del Arike.            

 

 

                                                                                      2007-5

 
A PROPÒSITO DE MI VIAJE A ISLA DE PASCUA PARTICIPO DE ESTE CUENTO TÌPICO

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Herman Escriba
el 10/10/2010 a las 02:13 PM

Que agradable narracion. En esta epoca es un verdadero alivio leer algo bien redactado y en un estilo llano y comprensible.-----------------

Herman Escriba

P. d. No puedo poner tildes porque el teclado de mi computador me lo impide.


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